La Página del Peje

20/06 | Los cuentos del Peje

El reemplazante de Beto


Mariano entrenaba su tiro casi con obsesión. Al finalizar la práctica se quedaba horas perfeccionando la técnica que tantas satisfacciones le diera a lo largo de su carrera. Cerca del momento del retiro, el jugador seguía siendo el mayor anotador de la Liga y sus triples veloces e inesperados cada vez eran más difíciles de marcar.

Su sparring era una silueta de chapa que tenía la forma de un jugador con el brazo en alto al que había bautizado con el nombre de “Beto”.

En realidad, Beto le debía el hecho de no haber terminado sus días como una simple chatarra ya que Mariano lo había rescatado del fondo de la utilería próximo a ser arrojado a la basura con otros trastos viejos. Lo vistió con una desteñida camiseta del equipo y adaptó a sus oxidadas piernas unas modernas ruedas que lo ayudaban a desplazarse fácilmente por el parquet.

Tirá esa porquería que es yeta—le anticipó el utilero mientras se tocaba con la mano izquierda por debajo una de sus partes íntimas.

Para Mariano era una sociedad perfecta. Beto no se quejaba de las horas que el jugador pasaba vulnerando su marca como así tampoco de las infidencias y secretos que le contaba en la soledad de los entrenamientos. Beto contestaba con esa cara inexpresiva a la que algún juvenil travieso deformara alguna vez con una sonrisa pintaba en tiza y que el tiempo y la humedad se habían encargado de borrar.

Una tarde, al finalizar la práctica, Rubén pidió hablar con Mariano. Era un joven que se destacaba en la zona por reparar cuanta computadora anduviera suelta. Fanático del basquetbol, había ideado un sistema que podía llegar a ser revolucionario. Consistía en un programa de computación que mediante una proyección holográfica permitía al jugador entrenarse con un oponente virtual.

La imagen espectral del “cyberplayer”, cómo él lo llamaba, proyectada en la penumbra de la cancha, podía desarrollar las acciones estipuladas reproduciendo gestos y movimientos copiados de los más encumbrados jugadores. La ubicación en lugares estratégicos de unos impulsores neumáticos de pelotas, simularían los lanzamientos respondiendo al ángulo, altura, velocidad y fuerza que el programa eligiera por medio de un sistema de feed-back.

Si bien le costó entender el proyecto, Mariano se mostró muy interesado en el mismo y a cada instante interrumpía la descripción para hacer preguntas y sacarse dudas. Estaba frente a la solución de sus problemas. Beto pasaría a jubilarse definitivamente y sería reemplazado por un “cyberplayer multimedia tridimensional”. Un holograma de ciencia ficción lo acompañaría en lugar de ese patético muñeco de chapa de la sonrisa borrada.

—¿Es posible jugarle un uno contra uno?— preguntó Mariano con curiosidad.

Sí, todo era posible dentro de lo virtual. La imagen proyectada en el aire podía atacar, defender, moverse, correr y saltar, lanzar dobles o triples, penetrar en bandeja y hasta volcarla, por supuesto con la ayuda de las catapultas neumáticas que propulsarían la pelota hacia el aro, coordinando el gesto con el lanzamiento. Rubén necesitaba el dinero para llevar la empresa a cabo y Mariano lo tenía. Fue así como se asociaron pensando en un futuro exitoso y prometedor. En menos de un mes Rubén habría terminado y, bajo el más cuidado secreto, Mariano experimentaría por las noches en la cancha de Sport Club, donde unas luces especialmente orientadas iluminarían el tablero y la zona de 6,25.

—No me alcanza la guita para el proyector holográfico—decía Rubén por teléfono desde Buenos Aires, y a las pocas horas recibía un depósito de seis mil dólares que Mariano desembolsaba sin dudar.

Era jueves, había terminado el entrenamiento. Mariano pidió permiso al utilero para quedarse tirando. A los quince minutos llegó Rubén y bajaron las cajas de la camioneta. Luego comenzaron a armar la maquinaria entre un mar de dispositivos y cables. Los cinco lanzadores experimentales fueron ubicados estratégicamente. Estaban alimentados por un poderoso compresor neumático conectado por medio de mangueras. Estas catapultas eran guiadas inalámbricamente por la notebook que comandaba las acciones desde la mesa de control. Con sumo cuidado desembalaron el proyector y Rubén ajusto las conexiones correspondientes. Dos parlantes escondidos tras la jirafa serían la voz del jugador tan esperado. Luego, mediante el programa, setearon las acciones y características del contrincante a quien llamaron “Tony”. La criatura media 1,95, pesaba (¿pesaba?) 93 kg. y tenía las cualidades de Bowen, Allen y Manu.

Rubén reinició la notebook y a los pocos minutos el proyector comenzó a dibujar en el aire difuso y flameante la imagen antropomórfica casi fantasmal de “Tony”. De repente extendió su mano y con voz gruesa y metálica dijo:

—Soy Tony. ¿Quieres jugar básquet conmigo?

Ante el asombro de lo inesperado, Mariano comenzó a reir y, como lo hubiera hecho un niño, pasó su mano entre la nube de luz atravesando la imagen.

—¡Foul!— gritó Tony, mirando a un supuesto árbitro.

Así comenzó el entrenamiento virtual con los ajustes necesarios que Rubén realizaba tras las órdenes de Mariano sobre los parámetros del programa. En tres días ya estaba listo.

Esa noche, Rubén ayudó a armar el sistema y con preocupación tuvo que viajar a Rosario por problemas de salud de su padre.

Mariano se quedó solo con Tony dispuesto a entrenar. El único testigo era Beto, que observaba la escena con sus ojos de lata a unos metros de la mesa de control.

La rutina comenzó con unos ejercicios defensivos muy bien atacados por Tony que lo obligaron a Mariano a esforzarse cada vez más en la penetración y en el tiro.

Luego atacó el “cyberplayer” con movimientos rápidos y coordinados que forzaron a Mariano a desplegar toda su habilidad defensiva.

—¡Foul! —repetía la imagen cada vez que Mariano cometía una falta.

Luego Tony caminaba hacia la línea de libres picando su pelota virtual, se posicionaba y desde los lanzadores partía el tiro efectivo que terminaba dentro del cesto.

Algo no estaba bien. Mariano había comenzado a fastidiarse. Daba la sensación de que Tony lo estaba gozando.

El siguiente lanzamiento del espectro fue tapado por la mano de Mariano tras un salto casi imposible. Tony cambió su expresión cordial por un ceño duro y malhumorado y masculló por lo bajo una maldición en ingles.

—Bullshit…

¿Era posible que esto sucediera? Mariano recordó las palabras de Rubén: “En el ciberespacio todo es posible”.

Le tocaba atacar al Frankestein virtual. El holograma se ubicó entre el límite de la luz y la penumbra y con un gesto agresivo lo desafió al jugador en un uno contra uno rabioso. Cuando Mariano se acercó, Tony le arrojó la pelota en la cara con la mayor potencia que el lanzador desarrollaba. La bola dio de lleno contra su nariz fracturándole el tabique y generando una profusa hemorragia.

Una sarcástica risotada sonó en el silencio de la noche e inmediatamente el sonido del compresor anunció una nueva y poderosa carga hacia los lanzadores neumáticos. Mariano se incorporó perplejo, mareado y sangrando. Sólo pensaba en desenchufar la computadora. La situación había ido demasiado lejos.

Cuando llegó a la mesa el espectro gritó:

—¡El básquet no es para cobardes! ¡Defense! ¡Defense!— Y toda la dotación de pelotas salió arrojada hacia su humanidad como si cayera sobre él una lluvia de meteoritos. Los impactos fueron tremendos y uno, golpeándolo en la sien, logró desmayarlo. Su cuerpo cayó pesadamente sobre la notebook y arrastró el resto del material, que fue a parar de lleno al suelo.

La luz de la mañana comenzó a filtrarse por las ventanas del gimnasio. La puerta se abrió y el utilero descubrió ante sus ojos la extraña e inexplicable escena. Mariano, entre cables y pelotas, yacía tirado boca abajo en el piso con su cabeza bañada en sangre. La pesada silueta de Beto, con esa cara inexpresiva a la que algún juvenil travieso deformara alguna vez con una sonrisa pintaba en tiza que el tiempo y la humedad se habían encargado de borrar, le había fracturado el cráneo ocasionándole la muerte.

 

El Peje / elpeje@basquetplus.com

 

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