Fabián García

Miguel Romano

Julio Lamas

Oscar Huevo Sánchez

Nº 99 - Agosto 2010
en esta edición:

Especial Mundial de Turquía 2010:

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La Página del Peje

20/04 | Los cuentos del Peje

Miedo a volar


Cuando el equipo viajaba en avión, "el araña" Parras salía un día antes que el resto de sus compañeros, a veces dos, según la distancia.

Había jurado que jamás se subiría a esa utopía de chapa más pesada que el aire, que además era el principal motivo de su paranoia.

Desde chico tenía fobia a los aviones y ahora ,ya grande, su chifladura era el comentario de toda la Liga. Una semana antes de un viaje, "el araña"  andaba nervioso y malhumorado, discutía con sus compañeros por el mínimo motivo, casi siempre sin razón, y en alguna oportunidad hasta había llegado a irse a las manos.

Tanto técnicos cómo dirigentes conocían su debilidad  y en un apartado de sus contratos figuraba una cláusula que lo autorizaba a trasladarse "por cualquier vía que no fuera la aérea costeándose el viaje, si fuera necesario, de su propio pecunio".

Parras tenía pesadillas con aviones que explotaban en el aire, con caídas estrepitosas de miles de metros y, en varias oportunidades, sus compañeros lo había tenido que despertar mientras se agarraba con desesperación de las sábanas y  pedía auxilio a los gritos.

Tres años atrás y por ese mismo motivo, había rechazo un contrato importante para jugar en España.

Si hay barco voy”, le dijo a su representante. Pero la idea no prosperó y perdió la oportunidad de su vida.

Nada lo hacía cambiar de idea, ni los argumentos más convincentes, ni la hipnosis, ni la vergüenza ni contratos jugosos, ya que los miedos no se curan con argumentos racionales y como dijo alguien: "Cuando la lógica y la imaginación entran en conflicto, la imaginación siempre vence".

Este año su equipo era invitado a la Copa de Navidad que se jugaba en Holanda en diciembre y el calendario corría a pasos agigantados ante la incertidumbre del técnico, del resto del plantel y la angustia del jugador.

Dale ‘araña’, animate, te bancamos  a muerte”. “No nos podes fallar en esta”, le decían sus compañeros al finalizar el último entrenamiento. “¿Y si voy y no puedo jugar por  el pánico?”, respondió Parras. “Así estés en el banco, para nosotros sos fundamental”, acotó el entrenador.

Esa mañana fueron llegando a Ezeiza en grupos de dos o tres. El club les había comprado trajes grises, camisas lavanda y corbatas rayadas. Nadie sabía en realidad cuál había sido la decisión final de Parras. Algunos decían que de ninguna manera vendría, ni siquiera a despedirlos. Otros, que en complicidad con su mujer lo habían dopado y viajaría sedado. Otros más, que había realizado una "terapia de choque" intensa con unos médicos rusos.

La cosa es que Parras apareció por el largo corredor del aeropuerto vestido con el traje institucional  y acompañado por un amigo. Caminaba como un robot hipnotizado, con la mirada perdida y el rostro desencajado. Parecía poseído por un extraño sortilegio, pero venía decidido a volar.

“Por favor, no le hablen hasta llegar, está bajo el efecto del tratamiento. Déjenlo dormir así no comete una locura allá arriba”, comentó misteriosamente su acompañante mientras "el araña" caminaba hacia el avión ignorando todo a su paso.

“Dijo el especialista que su comportamiento puede ser extraño, pero no se preocupen, es el efecto de la terapia de choque, puede durar unas horas”, continuó diciendo su amigo.

La puerta del avión se cerró y luego de unos minutos la nave se perdió en el cielo rumbo a Holanda. El día había llegado. En la casa de los Parras todo era nerviosismo y ansiedad. La familia reunida frente al televisor esperaba con impaciencia que comenzara el partido. La Copa de Navidad sería televisada para todo el país.

Llegaron las imágenes del estadio repleto de espectadores, un paneo del equipo argentino mostró el ¡Hurra! que anticipaba la acción. La voz del relator sonó con eco desde la distancia:

“No figura entre los titulares "el araña" Parras debido, posiblemente, a una indisposición generada en el viaje. Pero el equipo se ve muy bien predispuesto y se augura un partido inolvidable

“¡Ahí está papá!”,  gritó Tito.

“Mirá que bien que le queda el tatuaje que le hiciste hacer”, señaló Ezequiel.

 Cuando la imagen se detuvo en Parras, el jugador cambió de repente su cara y mirando a la cámara hizo un guiño cómplice.

“¡Ahí esta!! !Nos saludó!”, exclamó el mellizo saltando.

“¡Tío, sos un genio!”

“Papá, sos un grande”, comentaron los dos otros mientras se trepaban al "araña" que, sentado en su sillón, disfrutaba plácidamente un buen vaso de scotch y la seguridad de sus pies en tierra firme.

 

El Peje / elpeje@basquetplus.com

 

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