Historia

A 30 años del inicio del olvidable Mundial de Argentina 1990

16:29 08/08/2020 | El 8 de agosto de 1990 se largó el segundo Mundial de mayores jugado en nuestro país. Argentina empezó mal, perdiendo por 20 contra la Unión Soviética.

Argentina al llegar a Córdoba (Foto Gustavo Farías)

Retroceder 30 años en el tiempo a veces causa cierto estupor. Y nos ocurre eso cuando comenzamos a desandar estos 30 años que pasaron desde el comienzo del Mundial de mayores que se disputó en la Argentina a partir del 8 de agosto de 1990. 

Argentina vivía épocas particulares. Un país recién salido de la hiperinflación, con un presidente nuevo como Carlos Menem, del que nadie tenía muy claro qué tipo de gobierno iba a hacer, pero que mantuvo la idea de organizar el campeonato cuando asumió antes de tiempo tras el golpe económico sufrido por Raúl Alfonsín. Menem, seguidor del básquet, sostuvo el apoyo al ente organizador (CEMBA) y le dio órdenes a su Secretario de Deportes, Fernando Galmarini, de ayudar en lo que hiciera falta. 

El Mundial de 1990 genera sensaciones tremendamente encontradas. A la distancia, se puede afirmar que nuestro país no estaba ni cerca de armar un torneo de ese nivel. Ni cerca. Los años previos habían sido muy complicados en lo económico y en lo social (varios levantamientos militares) y la infraestructura simplemente se retocó. Solo se hizo ¿a nuevo? el estadio donde jugó Argentina en Córdoba, que en realidad era el Pabellón Verde de Fecor, un gran tinglado donde se inventaron tribunas de madera tubulares, cuya imagen, a decir verdad, daba casi vergüenza ajena. Eso sí, entraban 6000 personas.

El Fecor, durante una práctica de la URSS
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El resto de los estadios se acondicionó, se mejoró o se amoldó al básquet. Los utilizados fueron el estadio de la Sociedad Alemana de Villa Ballester, Newell's de Rosario, el Estadio de la Universidad Tecnológica de Santa Fe y el Fecor en la fase inicial, y luego el Luna Park en la etapa decisiva y el Delmi de Salta para la Ronda Consuelo. Hace 30 años se disimuló un poco, pero ninguno estaba a la altura de un Mundial. Ni siquiera el Luna. 

La parte hermosa del Mundial de 1990 era que tuvo una muy buena cantidad de extraordinarios equipos. Por última vez se vio en una competencia global a Yugoslavia completa (salvo por la lesión de Radja), que traía a Petrovic, Kukoc, Divac y demás. La Unión Soviética ya vino sin lituanos, pero tenía un equipazo. Estados Unidos, todavía sin poder usar a los NBA, trajo a lo mejor que tenía en la NCAA (Mourning, Anderson, Owens), Grecia con Giannakis, Christodolou y Fasoulas; Brasil con Oscar, Marcel y compañía; Puerto Rico con Piculín, Mincy, Rivas... grandes equipos. 

Argentina llegó a ese campeonato, como casi siempre en esas épocas, con problemas. El Loco Montenegro se tuvo que bajar del equipo a último momento por su tema legal en Italia, porque podía perder su trámite de oriundo si jugaba el Mundial, y Argentina se quedó sin su mejor interno. Y, tras una gira con altos y bajos por Europa, ocurrió lo peor: Pichi Campana, la otra gran estrella local, se esguinzó un tobillo a 4 días del debut contra la Unión Soviética. Nunca pudo recuperarse del todo. 

El otro tema es que Argentina, esa época, no tenía roce internacional. Salvo Montenegro, ninguno había jugado en Europa y eso en un Mundial se notaba a horrores. Y también estaba lejos de poder sostener la forma en la que ya se jugaba en el mundo moderno: control del balón, defensa agresiva, juego colectivo. Argentina corría, jugaba rápido, pero físicamente no podía defender a casi nadie y estratégicamente estaba lejos de los mejores. El debut fue claro: 77-97 ante la Unión Soviética. 

Al día siguiente, en el juego clave ante Canadá, se vivió uno de los papelones más visibles de la historia de los mundiales, con los árbitros volcando la cancha en los últimos 4 minutos con un enorme desparpajo a favor de Argentina, que dio vuelta el partido con faltas evidentes sobre los callados canadienses, para terminar ganando 96-88, con Milanesio, Campana y Romano metiendo triples claves y el ambiente metiendo presión. Luego se derrotó a Egipto 82-65 y se pasó de ronda, al Luna. Por primera vez en 23 años, el seleccionado se metía entre los 8 mejores. Era una forma de decir. Había entrado de prepo. 

Ya en Buenos Aires, la realidad pegó duro, aunque en la primera noche, el clásico milagro argentino sobrevoló el centro porteño y casi provoca una nueva hazaña. Argentina jugó ese día contra Estados Unidos y se mantuvo palo a palo hasta el final, con un gigantesco Campana (33 puntos), que de alguna manera generó ahí el principio de su prueba NBA al año siguiente. Pero al final, Estados Unidos se impuso 104-100 y no hubo portada en los diarios. 

Fue el último momento de alegría del equipo. Luego se perdió ante Puerto Rico 76-92, se hizo un buen juego pero se cayó ante Australia 91-95, también se estuvo cerca ante Grecia (78-81) y se cerró el torneo otra vez ante los australianos, esta vez con una derrota más amplia: 84-98. Se terminó en la octava posición, pero no quedó mucho en el recuerdo, salvo la oportunidad de jugar contra los mejores, algo que ocurría muy poco. Desde 1950, solo se había jugado un Juego Olímpico (1952) y los Mundiales de 1959, 1963, 1967, 1974 y 1986. 

Ese plantel argentino estuvo compuesto por Marcelo Richotti, Héctor Campana, Diego Maggi, Diego Osella, Carlos Romano, Marcelo Milanesio, Esteban De la Fuente, Miguel Cortijo, Sebastián Uranga, Gabriel Milovich, Ariel Rodríguez y Rubén Scolari. El entrenador, Carlos Boismené, tenía un solo asistente, el preparador Eduardo López Delgado (también preparador físico del equipo), en otro caso extraño, ya que antes del Mundial habían sido contratados por la CABB Ranko Zeravika y Guillermo Vecchio para que lo ayudaran y ambos terminaron afuera del equipo. Boismené pensaba que le querían serruchar el piso y duraron una semana. 

Una anécdota del entrenador quedó para la historia, demostrando la diferencia de época. Hoy resulta inverosímil. Antes del inicio del torneo, entró vestido de maestranza para espiar a los soviéticos en la práctica, para ver si podía ver algo que lo ayudara a planificar el partido. 

El resto del torneo se recordará para siempre desde lo deportivo. Con puntos altísimos, como el muy festejado triunfo de Puerto Rico sobre Estados Unidos en la fase final. En el Luna se vio un básquet de enorme nivel, con Yugoslavia demostrando que era un equipo totalmente distinto al resto. Terminó ganando el torneo con una final fabulosa, en la que aplastó a la Unión Soviética 92-75 con una clase magistral de Kukoc, el mejor jugador del Mundial.

Para ser acorde a un Mundial muy mal organizado, los festejos de Yugoslavia se vieron empañados por un incidente que luego pasó a la historia, cuando un hincha entró a festejar con los jugadores con una bandera de Croacia en sus manos. Era un argentino con ascendencia croata. En ese entonces, pocos sabían de la interna entre nacionalidades de los yugoslavos. Divac lo sacó al hincha a empujones y tiró le sacó la bandera. Ahí empezó su distanciamiento con Drazen Petrovic que terminaría en pelea para siempre y que daría origen al maravilloso documental Once brothers. 

Fabián García / [email protected]
En Twitter: @basquetplus

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