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Michael Jordan: los inicios de la leyenda

16:30 08/10/2020 | Un viaje hacia el pasado del que para muchos es el mejor jugador de todos los tiempos sirve para entender cómo se convirtió en lo que luego fue.

Foto: NBA

Michael Jordan es, probablemente, el deportista más reconocido de todos los tiempos. Su impacto en la NBA, en el deporte y en los negocios relacionados a la disciplina es innegable y se extiende hasta a la actualidad. Pero, antes de ser una leyenda, era simplemente Mike. Y aquel chico que soñaba con ser lo que luego fue puede explicar muchas cosas de su éxito.

Aunque normalmente se lo relaciona con North Carolina, MJ nació en Brooklyn durante el 17 de febrero de 1963. Pronto, su familia se mudó a Wilmington para vivir en un lugar más tranquilo. Si bien no escapaba a la regla de esos tiempos y siempre convivió con el racismo, algo que le inculcaron desde muy pequeño fue que nunca mirara hacia atrás. “Sé mejor y no te quedes con eso”, era la frase que siempre escuchaba.

James Jordan, como muestra The Last Dance, fue el gran espejo en el que el joven se moldeó. De su padre aprendió lo que era la dedicación y la ética de trabajo, pero también adquirió un gesto que luego se volvió icónico: sacar la lengua a la hora de la acción. Lo veía hacerlo en el taller durante sus turnos y comenzó a replicarlo cada vez que él encaraba su pasión: el deporte. Y no sólo el básquet, sino también el béisbol. Por ese entonces, su preferido.

Dotado de una energía inusual, el niño tenía como meta superar a su hermano Larry en absolutamente todo: “Crecí jugando contra mi hermano y esa es la mejor manera en la que puedes aprender lo que es ser competitivo. Una vez que le ganas, crees que puedes contra todo”, contó cierta vez el exescolta. Sin embargo, su carrera en el deporte de la anaranjada comenzó con un revés. En 1978, no logró entrar al primer equipo del secundario Laney.

“Miré la lista, la recorrí y no estaba allí. Volví a mirarla y no estaba. Repetí lo hecho y tampoco estaba. Fui corriendo a casa y no había nadie. Mi madre trabajaba. Subí a mi cuarto y lloré mucho”, confesó MJ. Pero, como hizo luego en la NBA, utilizó eso para demostrar que podía ser mejor. Al año siguiente creció físicamente y no sólo se unió al equipo principal, sino que también se convirtió en uno de los mejores prospectos del país.

La sensación popular llamada Michael Jordan acaparaba todas las miradas. No se podían conseguir entradas para un encuentro durante su año senior. Llegaban desde pueblos lejanos para intentar presenciar ese talento desmedido. Luego de promediar 27 puntos en su última temporada, se comprometió con la única universidad que había establecido como su meta: North Carolina.

Allí, entendió que para ser el mejor de todos debía exigirse como ninguno. Y lo hizo: en 1982, fue elegido como el mejor freshman de la NCAA. Sin embargo, el momento más determinante lo vivió cuando una canasta suya le dio el torneo nacional al programa unversitario. Fue un aviso de lo que el profesionalismo vería en un futuro. En 1984, los Chicago Bulls lo seleccionaron en la tercera posición del Draft. El resto es historia.

 

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